Me acabo de acordar de nuestra primera cita, ¿la recuerdas? Aquella tarde parecía no terminar nunca, los segundos parecían minutos y los minutos se convirtieron en eternas horas que no acababan. Por fin había llegado el momento tan deseado y a través de mis ojos podías descifrar mil sensaciones. Al igual que yo había pasado horas y horas ante el espejo preparándome para la ocasión, tú llegaste de lo más formal y elegante. Supuse que me llevarías a algún lugar especial, y no fallaste, aunque para nada podía esperar algo tan diferente, extraño, inusual y por supuesto romántico. De momento allí estábamos, en mitad de la nada, con una mesa preparada para dos y sonando una perfecta sintonía de fondo. Aquello sobrepasaba todos los límites de cualquier simple sueño y deseé no despertar nunca. Fue perfecto, parecía envolvernos un aura de buena armonía que hizo que nada fuese imposible aquella noche, una noche llena de estrellas que actuaron como únicas testigos de cada latido de nuestro corazón.